Parecía una mañana como cualquiera. Pero no lo era.

El sol acariciaba tibiamente las flores del jardín. Los pájaros trinaban entre las ramas de los árboles. El gato ronroneaba mimoso estirándose en un rincón.

De repente apareció ella, sin previo aviso, sin haber pedido cita, sin siquiera golpear la puerta.
La extraña palidez de su piel, sus labios finos morados la delataban, a pesar de estar esta vez enfundada en ropas juveniles de colores claros para pasar desapercibida.

Sonia estaba escribiendo en su dormitorio como todos los días a esa hora. Estaba escribiendo un hermoso poema de amor.

Sintió su presencia, su aliento en la nuca y lentamente se dio vuelta y la enfrentó sin temor.

Buenas tardes, te estaba esperándole dijo con una media sonrisa forzada en sus labios. Sabía que vendrías a buscarme en cualquier momento. No tengo problema en marcharme; sólo te pido que me concedas 24 hs. para poner en orden algunas cosas de mi vida. Sólo 24 hs...

¿Y por qué se supone que debo concedértelas? Yo tengo todo organizado. Si te doy ese permiso, se me atrasa todo mi sistema...

No voy a perder tiempo discutiendo...

Y volvió a su escritorio para seguir escribiendo su poema de amor.

Cuando puso el punto final, escapó su último hálito de vida, y así, sin sufrimiento, comenzó su sueño eterno.

Misión cumplida, pensó ella refregándose las manos y una mueca de placer iluminó su rostro.