La carretera polvorienta se estiraba hacia el horizonte lejano donde se divisaba una puesta de sol espectacular. Sobre el asfalto ardiente se distinguía una sombra solitaria, encaminada hacia el atardecer. Sentía el vapor que escapaba del suelo. Lo sentía en su piel, caliente también luego de un día de arduo caminar. Su travesía era una de incertidumbre. No sabía a dónde iba, cuánto quedaba, por qué caminaba, ni dónde se encontraba. Sólo sabía caminar. Había que caminar, continuar. No podía parar ni siquiera para descansar.
Sus ojos negros descansaron sobre el horizonte. Ya el sol apenas se veía. Ya el cielo estaba mayormente oscuro. En ese instante el miedo la sobrecogió. Estaba sola, perdida en la nada y oscurecía deprisa. No quería parar pero hacía tanto que no descansaba. Se sentó, prometiéndose que sólo sería por unos minutos, a la orilla de la carretera desolada. Al hacer esto, su estómago se alborotó. Entonces recordó que tampoco había comido en tres días. Divisó a unos pies un arbusto de frutas que conocía. Las bellotas rojas de este se veían maduras y su boca se hizo agua al pensar en el fruto invadiendo su paladar. Con locura comenzó a arrancar las frutas del árbol. La desesperación la llenaba. Sentía el jugo deslizándose por su barbilla dejando el área pegajosa y manchada. No importaba. Actuaba con sus impulsos y éstos le decían "come hasta la saciedad." Parecía un animal enloquecido mientras permitía que su glotonería se apoderara de sus acciones.
- No importa, - pensaba en voz alta, - todos somos locos.
Su comentario, dicho sin pensar, le recordó la razón de su estado presente. Ella sí estaba loca. Al menos así lo creía la sociedad. Era loca porque amaba a un hombre q no era su marido. Sí, otro hombre... el mismo que conoció a través de un ordenador, una noche de verano. Con él quería irse, marcharse. Loca... Era loca por buscar la felicidad, sin pensar en el que dirán. Loca por hacer lo que verdaderamente quería.
-¿Qué le importa al mundo mi vida?- se preguntó confundida.
Nunca pensó que su familia, ante pusiera su felicidad ante los prejuicios sociales, ante el que dirán... Todas las palabras y deseos de felicidad hacia ella, todo era mentira.
En aquella cárcel que era su casa, aprendió que la verdad no existe. No hay tal cosa como la realidad. Es un estereotipo creado por la mayoría. Lo mismo sucedía con la locura; era simplemente lo que la mayoría establecía. Por eso era que antes pensaba mucho antes de decir o hacer algo. La razón y la lógica la guiaban. Ya eso había acabado.
Desde que se dio cuenta de todo, decidió que actuaría de acuerdo a sus impulsos. Ya no se preocuparía por el resultado de sus acciones. Dejaría que las cosas siguieran su curso natural. No le explicaría a nadie él por qué de lo que hiciera. Aprendería a vivir como está establecido pero a la vez con su locura. Era la única manera de mantener su individualidad y ser respetada como cualquier persona "normal".
Normal... Antes decía esa palabra sin pensar. En tan corto tiempo había cobrado un significado muy diferente. Se había percatado que lo normal no existía.
Despertó al sentir las gotas heladas en su cara. Se había quedado dormida a pesar de que prometió no hacerlo. Pero, ¿qué importaba? No se percató hasta unos segundos más tarde de la lluvia que poco a poco caía más fuerte. Entonces alzó el rostro al cielo y dejó que la lluvia la mojara, que la empapara entera. ¡Su sed! Había pasado tanto tiempo que ni la sentía. Abrió su boca y permitió que se llenara de ese líquido portador de vida. Se sentía satisfecha. El que la viera pensaría que estaba loca. ¡Qué gracioso...! Era verdad. En este mundo todos son locos. Sólo que lo esconden bajo las máscaras de la sociedad. Todo esto pensaba bajo la lluvia.
-¡Alan! Mi amado Alan... ¿Dónde estarás? Donde sea, susúrrale al viento. Que yo lo seguiré.
Comenzó a cantar. La melodía brotaba de sus labios con dulzura. Era una melodía que sólo ella conocía pues en ese preciso instante la había inventado. Pensaba en Alan, su querido Alan.
- Algún día nos encontraremos
en ese lugar que un día junto soñamos,
ese lugar en que podremos amarnos.
Te veré en ese lugar que sólo tú y yo conocemos
y por la eternidad allí nos quedaremos.
En ese lugar con su demente libertad,
¡Sí!, La locura nos abrazará.
Hasta que llegue ese día allí te he de esperar.
Mientras danzaba y cantaba en la lluvia en medio de aquella tormenta, un rayo partió el cielo en dos. Fue una luz fulgurante que iluminó todo. El estrépito del trueno que siguió le asustó un poco. Fue fuerte y autoritario por lo cual ella calló su voz y por unos instantes sólo miró el oscuro cielo. Por unos instantes sólo miró y pensó en qué haría ahora.
No podía volver a su casa o a ningún lugar de su pasado porque entonces sí pensarían que estaba loca. Escapar de su casa sólo para volver... Eso era más loco que todo lo demás que había hecho. No podía vagar el resto de su vida en un desierto, a la orilla de una carretera desolada.
Entonces la solución floreció en su mente. La sacudía igual que el viento que aullaba en la oscuridad de aquella noche.
- Comenzar... - pensó en voz alta, - Comenzar de nuevo.
- Huir muy lejos como siempre he querido. Huir a donde nadie me conozca y comenzar mi vida de verdad.- pensaba.
De repente, una luz resplandeciente la cegó. El sonido de un motor se hacía cada vez más cercano. Abrió los ojos y vio su salvación: una camioneta que se acercaba; el único vehículo que había visto pasar. Se atravesó en su camino y cuando el conductor, un joven apuesto de ojos negro azabache, la vio, puso su pie sobre el freno y el auto hizo un alto. Le hizo señas con las manos de que entrara y ella abrió la puerta del auto.
-Entra rápido. No te quedes mojándote.
Su voz le inspiraba seguridad y entró sin pensarlo dos veces.
- Mil gracias. Pensé que nunca pasaría un auto por aquí. ¡Me has salvado!
-No hay por qué dar gracias. Es lo que cualquier persona decente haría.
El joven la recorrió con la mirada desde los pies hasta la cabeza. Parecía una buena muchacha a pesar de sus ropajes rotos y sucios, su cabello enredado y alborotado, sus manos maltratadas y tan sucias como su cara.
- Soy Alan y tú, ¿quién eres?
-¿ Yo? Me llamo Sonia.- contestó con una sonrisa...